REIVINDICAR EL RELATO|Iker Fidalgo Alday

Por Iker Fidalgo.

La memoria no es un elemento pasivo. Mientras el recuerdo se comporta como un lugar que permanece configurado entre los caprichos del subconsciente, la memoria es un espacio de construcción colectiva que necesita de la acción para conservar la garantía de trascendencia. Es entonces un relato, un espacio en el que lo grupal busca un sentido de pertenencia hasta conformarse como un lugar de encuentros. Una narración fragmentada compuesta por múltiples piezas que la convierten en una línea atomizada, nunca del todo concreta, pero sin embargo lo suficientemente fuerte como para enraizar un sentido identitario. La vivencia por tanto, no será nunca suficiente. No basta con ser parte de un pasado. La memoria no pertenece a quien la recuerda sino a quien la habita, la construye, la rescata y la reivindica.

Lo poético se asienta en un hilo intangible que se tiende entre la activación pieza-público. Un camino de ida y vuelta en el que de cada confrontación surge una nueva capa de lectura. La decodificación del arte pasa entonces por la experiencia vital. El público actúa como un tamiz que es atravesado por los elementos que componen cada obra. No se trata únicamente de una manera de interpretar o de leer, la grandeza de la creación artística reside en la capacidad de recorrer las capas más irracionales de la observación. Aquellas que prenden emociones de consecuencia física y que no siguen ninguna norma establecida. La contemplación pasiva no sirve. Hará de  nuestras miradas y de nuestros cuerpos, un espejo frío en el que se diluyen los estímulos y las propuestas de la creación. El arte no pertenece a quien lo hace, sino a quien lo ocupa, lo digiere, lo enfrenta y lo activa.

Por todo esto, la creación contemporánea tiene la facultad de iniciar o fortalecer relaciones en las que lo emocional se vincula directamente con el estrato más intangible de la disciplina. A través de objetos, instalaciones, acciones o apuestas performáticas, profundiza en los diferentes niveles que ocupan el estrato de la percepción. Este poder permite la catalización de  experiencias sensibles que entrelazan sentimientos compartidos alrededor de un territorio colectivo.

Refieriéndose a los movimientos sociales surgidos en internet, el sociólogo canadiense Malcom Gladwell (2010) defiende la imposibilidad de llevar a cabo proyectos revolucionarios si no existen las oportunidades para el contacto y la relación personal. Otros sociólogos como César Renduelles (2013), hablarán de la escasa fuerza de las nuevas formas relacionales en la red como una prótesis social que condena cualquier iniciativa al fracaso. Por todo esto, parece ser que sin la posibilidad del encuentro físico, cualquier posicionamiento contrahegemónico  verá severamente debilitadas sus opciones de enraizamiento y crecimiento. Por contra, la reivindicación política necesita de la creación de su propia mitología que a pesar de su aparente fragilidad, permite ejercer un poder de movilización con influencia real en la sociedad. Independientemente de la “calidad” de sus interrelaciones, la potencia existe en tanto en cuanto renuncia al inmovilismo y esto en la sociedad que habitamos, no es para nada baladí. Las formas colectivas se han transformado junto a los tiempos que así lo han hecho también y es a este nuevo escenario al que le debemos dirigir toda nuestra atención. Es por eso que cualquier mecanismo de cohesión social encontrará en las maneras de representar y enunciar desde lo simbólico una oportunidad para su desarrollo. “Los relatos en forma de imágenes, de músicas, de canciones y de películas, son imprescindibles a la hora de contar los procesos sociales de cambio, al mismo tiempo que funcionan como un motor que los impulsa (Expósito, 2016).”

El arte permite una narración diversificada, en la que el esquema comunicativo se expande abandonando cualquier tipo de vínculo que se base en la mera escucha. La pieza artística como disparador de sensaciones y nuevos enfoques perceptivos, supera la unidireccionalidad para permitir al público un diálogo de igual a igual en el que el objetivo es alcanzar un espacio común. Su corpus poliédrico la dota de múltiples posibilidades entre las que se cruzan lo escultórico, lo fotográfico, el cuerpo o la acción en el espacio público siendo no obstante,  un todo unificado por las herramientas de resolución formal. Por consiguiente, si el arte puede ser a la vez relato y fuerza de impulso, todo aquello que suscite podrá convertirse en un nexo compartido sobre el que cualquier proyecto contra el discurso imperante consiga apoyo.

La conquista de la memoria encuentra en lo artístico una estrategia que es al mismo tiempo medio y fin. El propio camino es ya un proceso de (re)construcción sobre el que se erigen los valores intangibles que a su vez son sobre los que reposa cualquier sentimiento de afinidad. De nuevo, el lugar colectivo que da forma y sentido.

Dentro del marco del programa ITINERACCIÓN impulsado por el Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo ARTIUM y el Departamento de Euskera, Cultura y Deporte de la Diputación Foral de Álava, el Territorio Histórico alavés asume un protagonismo ineludible en el que la propuesta comisariada por ZAS Kultur incide sobre cuestiones como la desaparición de modos de vida, la potencia del trabajo conjunto y la capacidad para inventar otras maneras de sentir nuestro entorno.

Nerea Lekuona con “Bajo el agua”, Txaro Arrazola con “Weeble-Tentetieso (sobre el equilibrio)” e Iñaki Larrimbe con “Unofficial Tourism Araba” transitan entre la instalación, lo procesual y la reinterpretación urbana como intervenciones directas sobre el Centro de Interpretación de Garaio, el balneario de Zuhatzu-Kuartango y Autauri junto con el Parque Lineal del Nervión respectivamente. Todas y cada una de ellas circundan cuestiones como la comunidad, la reinterpretación del imaginario colectivo y las posibilidades de empoderamiento desde lo cotidiano.

La memoria necesita del arte para componer un nuevo paisaje en el que la vida no olvide nunca su lugar de procedencia. Todo y todxs somos memoria,  pues somos piezas de un proyecto social conformado por infinidad de pasados que confluyen en un aquí y un ahora concreto e irrepetible. Ser dueñxs de nuestras propias narrativas supone ser capaces de reinventar constantemente las maneras subjetivas de imaginar. Solo de esta manera podremos anhelar un mundo en el que lo pequeño no decaiga ante la fuerza implacable de lo homogéneo.

 

 

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