Weeble- Tentetieso|Texto de Andrea Abalia (cas.)

Por Andrea Abalia.

Siluetas enigmáticas con vientres abultados, carentes de extremidades inferiores pueblan la exposición creada por la artista Txaro Arrazola en el antiguo balneario de Zuhatzu-Kuartango. Intrigantes figuras de mujeres anónimas que parecen reiterarse como obsesiones, fantasmas abocados a reclamar algo que les haya sido arrebatado, o algo que parece impedirles irse en paz.

La propia artista reconoce que el motor que ha dado lugar a esta serie actual arranca en los años 90 con sus “Autorretratos transparentes”. Se trata de una reflexión en torno a la maternidad, la no-maternidad y la maternidad comercializada o subrogada, pasando por esa faceta tan extraña y compleja que es, en palabras de la autora «ser mujer y elegir conscientemente no ser madre, que es quizá la que más me conmueve porque la he vivido yo. Si ser madre es nuestro único destino como mujeres, ¿entonces qué y quién soy yo que no he tenido hijas ni hijos?»

Arrazola reconoce haber volcado «un esfuerzo casi psicomágico por deshacerse de la programación mental sobre la maternidad obligatoria grabada en su psique tras siglos de dictados sociales y culturales. Así, en sus obras aparecen en clave poética el lavar, el cocinar, el tejer y, por supuesto, el gestar, que no es otra cosa que esperar, en palabras de la artista, «como la eterna Penélope meditando mientras se va el tiempo en hacer y deshacer». Pero el telar es metáfora del arte y de la vida: con la trama, la paciencia y la soledad de su labor, supone también el control sobre su destino, que ya desde Homero es el verdadero lujo de la vida de una mujer.

Si bien la obra de Arrazola nace de motivaciones inconscientes, su discurso tiene que ver con una manera democrática de sentir, que dé cabida a todas las voces y miradas. La artista concibe el feminismo como un umbral o puerta conceptual que permite repensar la disciplina artística y la evolución de sus lenguajes, y alumbrar una visión transformada historia del arte y del mundo en que vivimos. Por eso estas obras son fruto de su empeño por otorgar nueva significación a la maternidad, es decir, «re-significarla desde una perspectiva propia que persigue desactivar el dominio simbólico que relega a las mujeres a una posición de alteridad poniendo la naturaleza como excusa». Así vemos imágenes de cuerpos que se asemejan a jarras, vasijas y recipientes en alusión a la maternidad como alienación de la mujer.

Hoy, el epítome de la maternidad alienada es para la artista el fenómeno conocido como “gestación subrogada”, tema que viene investigando desde 2017, desde su estancia en Vermont (EE.UU.). La artista es muy crítica con respecto a este mercado[1], especialmente por el tratamiento que reciben las gestantes «donde una madre no es nada y el cliente lo es todo». En palabras de la autora «el quid de la gestación subrogada es asegurar una legislación que permita borrar a la madre […] y convertirla en un producto residual y desechable del proceso de fabricación de ese bien tan deseado». Ante las críticas a la maternidad subrogada, se ha extendido la noción de subrogación “altruista”, donde una mujer seguiría haciendo las veces de gestante, con el riesgo que implica, obteniendo nada más que el beneficio de altruismo, para la autora «un precio muy bajo por el esfuerzo realizado, que solo puede ser atractivo en una sociedad donde las mujeres son valoradas por cuánto sacrifican y no por lo que logran».

La noción de sacrificio se traduce en sus obras a través de distintos recursos como soportar o arrastrar un peso excesivo, una falta de estabilidad o estar atrapadas en una fisionomía objetualizada, tramada o resquebrajada. La artista recurre a la imagen del Weeble-wobble o tentetieso: un muñeco de base semiesférica cuyo contrapeso le permite tambalearse en cualquier dirección y volver a quedar siempre derecho, en equilibrio inestable a merced de lo que ocurre alrededor.

La obra “Weeble-wobbles” (Tentetiesos o Dominguillos) se compone de una serie de figuras construidas por una sinuosa línea roja que se desliza en direcciones oblicuas configurando pieles en red. Dispuestas frontalmente o de perfil, adquieren una presencia totémica, como la primitiva Venus de Willendorf presuntamente destinada a procurar la fertilidad. Pero, a diferencia de la musa del paleolítico, las weeble-woobles ni poseen atributos sexuales, ni son únicas: se reiteran como matrioshkas en pro de su cometido como incubadoras.

La costura y la tela están presentes en varias de sus obras. Aquí las líneas rojas, a modo de capilares o hilos pintados, inciden en la relación que se produce entre el feto y la madre, que perdura en ambos más allá del embarazo y el parto. La apariencia virtual a modo de holograma contribuye a desnaturalizar la imagen de las gestantes. La paradoja reside además en su incapacidad, dada la construcción lineal a modo de telaraña, de ejercer como verdaderos contenedores. En consecuencia, su existencia se debe a una finalidad impedida, a un sacrificio sin recompensa, en definitiva: una alienación.

En la muestra destacan también obras de carácter objetual. La instalación “Defensas” consiste en dos boyas unidas al techo por una cuerda, estructura que recuerda a obras de la década de los 90, donde una esfera minúscula se conectaba con un útero. La instalación es interactiva, está pensada para que los espectadores podamos columpiarnos en las boyas. La madre aquí brilla por su ausencia, pero debe sin embargo aguantar el peso de nuestro vaivén mientras nos balanceamos sobre ella.  “Vestido para ti” es un híbrido poético entre naturaleza y antropomorfismo que toma simultáneamente forma de lámpara y vestido de novia. Nos atrae como un espectro con su pecho encendido. Destaca la disposición de la pieza, una vez más colgada del techo, como si nos situáramos frente a una esposa o novia fantasma inspiradora de relatos románticos. Sin embargo, estas han sido hijas de la imaginación masculina. Aquí la autora nos ofrece su propia visión, como si rindiera homenaje a esposas y madres pasadas o se despidiera de ese “dar a luz” que decidió obviar.

Txaro Arrazola nos ofrece una reflexión compleja sobre la maternidad, que abarca tanto una perspectiva psicoanalítica como una crítica y, con ella, una exploración de los lenguajes artísticos, que nacen del dibujo y la costura, pasando por la escultura y la instalación para culminar con un acto performativo. Se trata de un tentetieso humano, creado por medio de una semiesfera de resina de poliéster y fibra de vidrio, diseñado para que la autora se introduzca en él y experimente en su propia piel la alienación del cuerpo cosificado, a merced del equilibrio inestable en un lugar tan poderoso como la capilla del balneario de Zuhatzu-Kuartango, de nuevo una alusión a sus “Novias” de los 90.  La creación artística nos concede la doble posibilidad de revivir experiencias pasadas y crear escenarios nunca vividos: no se trata de conocer el final, sino de atravesar los periplos de la aventura.

[1] La artista concibe la gestación subrogada como un negocio que explota a mujeres sin recursos para el beneficio de empresas intermediarias cuya función es poner en relación a parejas solventes con mujeres necesitadas que arriesgan su salud física y mental para satisfacer el deseo de dichas parejas de tener descendencia propia.

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